miércoles, 16 de noviembre de 2011

Testigos mudos. 1.

Una noche más se tumbó allí, en su cama, la cama en la que cada noche se transportaba a otra dimensión, al lugar donde sus sueños eran la realidad. No podía dormir, no era capaz de dejar de pensar en él, en todo lo que ese hombre significaba para ella. Una y otra vez entre sus sábanas se  preguntaba cómo había sucedido aquello, como se había enamorado de aquel hombre que, en un principio, era solo algo pasajero. El típico amor de verano que en teoría dura lo que dura la estación y, después, se desvanece. Esto rompía sus esquemas. Ya era día 24 de octubre, por tanto, ya había pasado un mes y un día desde el final del verano, pero por sorpresa para ella, con el verano no se fueron sus sentimientos hacia él. Hacía ya tres meses que no se cruzaba con su mirada, que no escuchaba su voz, increíblemente habían pasado tres meses ya desde la última vez que había posado sus labios sobre los de él. Tres meses que para ella significaban una eternidad, pero no significaban olvido ni mucho menos desvanecimiento de sentimientos, al contrario, cada día pensaba un poco más en él, cada día que pasaba era un día más que le amaba. Su cabeza solo intentaba encontrar una respuesta lógica a todo esto, pero día tras día la frustración crecía, pues tal respuesta no existía. Llegó a la conclusión de que el amor no tiene ni respuesta ni explicación, solo es, sin más. Es algo que se puede intentar describir de mil maneras, algo que nos hace tener comportamientos inéditos e ilógicos, algo que anula toda capacidad de razonamiento. La almohada, su única compañía cada noche junto al osito de peluche que conservaba desde su infancia, era testigo, en cada vuelta, de su amor por él, de la desesperación, vació e incomprensión que crecían en ella. Eran testigos mudos de sus sonrisas infantiles e ilusionadas cuando 10 minutos antes había hablado con él, de su incertidumbre cuando no lo hacía, y de sus lágrimas cuando todo lo esperado salía al contrario o sus palabras solo servían para herirla. Su peluche, cada noche, escuchaba lo mismo antes de dormir: "ojalá fueras el". Y entre lágrimas, deseos imposibles, suspiros, después de infinitas vueltas, conseguía conciliar el sueño, solo porque sabía que él estaría allí esperando para amarla.

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