miércoles, 16 de noviembre de 2011

Testigos mudos. 2.

El sueño de cada noche era una fantasía perceptible, en su cabeza esta el mundo más perfecto jamás creado. Y, lo mejor de todo, es que no era ni mucho menos utópico. Eran sus calles, sus parques, lugares reales de su ciudad, solo que con él a su lado. Los momentos más absurdos e incluso, aparentemente más descoloridos, se convertían en un recuerdo especial más, uno más para atesorar en su baúl de las cosas imposibles. No eran momentos de película, ni de Disney, eran momentos que ya había vivido. Dormir con él a más de 2000 metros, en la orilla de un lago como sacado de un cuadro, bajo una de las noches más estrelladas e increíbles que había visto en su vida, esas caricias y esas miradas cobardes pero atrevidas que deseaban encontrarse...sabía de sobra que eso no lo había imaginado, pues aun podía sentir el tacto de sus labios o el brillo de sus ojos, iluminados solo por la luna. Cerraba los ojos y solo tenía que viajar a aquel momento, tan existente como cualquier otro día, pero tal vez con más significado que ninguno. Esa noche, antes de dormir, había hablado con él, pero las cosas habían cambiado, sabían que se que se deseaban, pero puede que no como ella quería. En un momento así era cuando su alma se rompía y lloraba por dentro, cuando sabía que se había enamorado del hombre que jamás la correspondería, del hombre que jamás apreciaría sus palabras o sus miradas como muestras de deseo, aunque sí de deseo carnal. Pero para ella ese deseo iba mucho más allá, tanto, que nunca antes un chico había conseguido ese efecto en ella, ninguno de sus dos novios ni ninguno de sus pequeños romances. Él era especial, diferente, su mirada conseguía encandilar sus sentidos más de lo normal, su sonrisa conseguía un efecto que paranormal en ella, un efecto que paraba todo su mundo para solo centrarse en él. Esta vez de verdad, se había enamorado.
Anteriormente había creído enamorarse, pero ahora confirmaba que no, anteriormente había querido, pero no  amado, no como le amaba ahora a él. Siempre todos la decían que si sentía esto, lo otro, lo de más allá...pero nunca lo había sentido. Era cierto que había querido y por tanto echado de menos a su pareja cuando la tuvo, pero como el que echa de menos a un amigo del alma, difícil pero no suponía una desesperación constante, pero ahora sí. Las horas eran eternas, el tic-tac del reloj envenenaba sus nervios, las noches se habían vuelto oscuras y frías, se habían vuelto solitarias en su cama. Cómo llenar ese vacío, qué hacer para salir de tal desesperación y locura por ese hombre que nunca sería para ella. Su alma, prisionera de su cuerpo, se retorcía por dentro reclamando libertad, solo para llegar al alma de ese hombre y hacerle saber lo que pasaba en su interior.

No hay comentarios:

Publicar un comentario